El dia siguiente nuestra ruta transcurrió por los
hermosos valles y colinas del Condado de Antrim, de camino hacia la
Calzada del
Gigante, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1986 y Reserva
Natural. Esta es un área que contiene unas 40.000 columnas de basalto, de forma hexagonal y que
provienen de una erupción volcánica ocurrida hace unos 60 millones de años.
Según cuenta la leyenda, esta calzada fue construida por el gigante irlandés Finn
McCool para poder cruzar a Escocia y desafiar en duelo a su rival, el gigante escocés
Benandonner.



Despues continuamos rumbo a Belfast, donde al llegar comimos en el Hotel Europa,
que según nos contaron, ha sido el hotel más bombardeado de Europa (valga la
redundancia) en la época más caliente de los conflictos entre católicos y
protestantes. Despues de una estupenda comida alli, hicimos nuestra visita
panorámica por la ciudad, bajo una fuerte lluvia. Fuimos a ver la Universidad
de Queens, los Jardines Botánicos, la Catedral, el Ayuntamiento (que es el
edificio más impresionante de Belfast) y el Museo del Titanic (ya que fue en
los astilleros de Belfast donde se construyó el famoso barco), me quedé con las
ganas de visitarlo, ya que la historia del Titanic me ha fascinado desde
siempre, pero según nos dijo nuestra guia local, no quedaban entradas para ese dia.

Pero además y lo más interesante de todo, fue recorrer los
barrios obreros, donde aún viven algunos irlandeses segregados según su
religión (católica o protestante), aunque no pudimos hacer nuestro recorrido
completo porque en una de las calles habia un furgón de la policia que la
cortaba y tuvimos que darnos la vuelta. A nuestra vuelta a Madrid nos enteramos
de que al dia siguiente de pasar nosotras por alli (juro que nosotras no
tuvimos nada que ver) habian empezado a producirse algunos enfrentamientos
entre ambos bandos, tras un desfile de una banda de música afín al Sinn Feinn,
lo cuál demuestra que aunque aparentemente puedas ver que aquella zona está en
calma, una pequeña mecha puede hacer estallar esa aparente calma en cualquier
momento. De hecho, en Belfast no hay aún autobuses
públicos que te suban a esos barrios, sólo puedes pasar en autocares o bien
cogiendo un taxi. Y todos los pubs en
esos barrios están cerrados porque dentro de ellos mataron a mucha gente.
Más tarde llegamos al hotel, donde
descargamos nuestro equipaje y nos refrescamos rápidamente (en los viajes
organizados y como dije en la entrada anterior, todo hay que hacerlo rápido,
aprovechando hasta el mínimo minuto libre del que dispongas), nos equipamos
bien para la lluvia y nos lanzamos a recorrer el centro de Belfast. Vimos el Crown
Bar (el pub más famoso de alli), el Reloj Albert Memorial (primo hermano del
Big Ben londinense) y la animada zona comercial de la plaza de la Reina. Y
aunque el tiempo no acompañaba y una ciudad no luce igual con sol que con lluvia,
pudimos hacernos una idea de cómo es Belfast: una ciudad moderna, abierta y
cosmopolita. Por la noche fuimos a tomar
una cerveza con parte del grupo y alli entablé conversación con una pareja muy entusiasta con
todo lo español y sumamente amables y hospitalarios, que me invitaron a tomar algo y
yo pensé lógicamente en una cerveza local, pero al final se ve que alguno de
ellos pensó en algo más original y me pidió un buenísimo vino blanco, que yo pensé que
sería irlandés, pero después comprobé en la etiqueta que el vino que me había
bebido era de un poco más lejos, nada menos que de Australia.
Esta anécdota me corroboró que los irlandeses son gente sumamente abierta y hospitalaria. Esto es algo que ya había podido comprobar hace unos cuantos años, cuando pasé un verano alli trabajando de au pair y estudiando inglés. Recuerdo que cuando salía con las amigas españolas que hice alli a alguna discoteca, ellas siempre conocían a italianos o marroquies o pakistanies, pero en mi caso, yo siempre conocía a irlandeses e incluso llegué a salir con uno, que intentó convencerme de que nos casáramos y me quedara allí, se ve que ya entonces estaba predestinada a todo lo que tuviera que ver con Irlanda..... jejeje.
Nuestro septimo dia por tierras
irlandesas comenzó dejando atrás Irlanda del Norte para cerrar el circulo de
nuestro recorrido y volver a Dublin, donde pasaríamos nuestro último dia
y medio de nuestro viaje.
Lo primero que hicimos fue ir a
visitar la Fábrica Museo de la Guinnes (una visita obligada para todos los
turistas allí), donde en realidad lo más interesante fue ver el edificio y
después tomarnos la cerveza a la que te invitan al adquirir la entrada, en el
bar del último piso, donde además de disfrutar de la espumosa cerveza, tienes
unas vistas espectaculares desde sus miradores. Aquello era una gran torre de
Babel y especialmente ese dia estaba bastante lleno de americanos, ya que ese
fin de semana había tenido lugar un partido de futbol con un equipo de Chicago.
Por lo demás la visita fue bastante interactiva, con muchos videos y peliculas
que explican todo el proceso de fabricación de la cerveza y personalmente, a mí
me pareció sobre todo, un gran centro comercial y de ocio, con su gran tienda
de recuerdos de la Guinnes y con varios bares y restaurantes, repartidos por
todo el edificio.
Despues nos fuimos hacia las
comerciales calles O’Connell y Grafton, donde mis amigas y yo pusimos un punto de encuentro (por si alguna
se perdía) en la famosa estatua de Molly Mallone, el personaje de leyenda más
famoso de Dublin, cuya historia se cuenta en la canción que lleva su mismo
nombre y que es como el himno oficial de la ciudad. Según dicen las malas
lenguas, esta Molly Mallone era una exhuberante joven que vendía mejillones por
el dia y por la noche trabajaba haciendo otros menesteres más alegres.
Yo tenía mucho interés en conocer
el Museo de los Escritores, dado que Irlanda, aún siendo un pais tan pequeño, lo
cierto es que ha dado 4 Premios Nobel: Bernard Shaw, Samuel Becket, Seamus
Heaney, y William Butler Yeats y otros muchos
premios como el Pulitzer de Frank McCourt (el autor de Las cenizas de Angela),
amén de otros muchos grandes escritores como: Oscar Wilde, James Joyce, Samuel
Becket o Jonathan Swift (el autor de Los viajes de Gulliver). Pero lo cierto es
que después de pagar 7,5 € por la entrada, no salí demasiado entusiasmada,
quizás porque esperaba encontrar más objetos personales de todos esos
escritores famosos (especialmente de Oscar Wilde) y no vi demasiadas cosas que
atrajeran mi atención, incluso la cafeteria del Museo, a la que nombraban en
mis guias como interesante para visitar, la habian clausurado justo la semana
anterior (deduje que empujados por la crisis que sacude también aquel pais).
Y el último dia aprovechamos al
máximo nuestras últimas horas alli. Más imposible. Visitamos el Trinity College, el cuál no
habíamos podido ver el dia anterior debido a las largas colas que había. En esta
Universidad han estudiado todos los grandes escritores irlandeses y es una
visita imprescindible en Dublin, muy especialmente para ver la Biblioteca
(realmente impresionante) y el Libro de Kells, que es uno de los manuscritos
más antiguos que se conservan, es del año 800 y está formado por los 4 libros
del Antiguo Testamento.
 |
en Irlanda te encuentras la música por todas partes
y en los pubs la tienes a cualquier hora del dia
y del estilo que quieras |
Despues volvimos a darnos un
tiempo libre para que cada cuál hiciera lo que más le apeteciera y Carolina y
yo nos fuimos hacia el Barrio Vikingo, en la zona noroeste de la ciudad. Vimos
la impresionante iglesia de la Santisima Trinidad (la Christ Church) y la
encantadora y pequeña iglesia medieval de San Eunano, allí me perdí de mi amiga
y como el hambre apretaba entré en una pizzeria que tenía un cartel muy
tentador, que decía más o menos, que los lunes eran los dias locos y que las
porciones de pizza estaban a 1 euro ¿quién se podia resistir a esas horas? Y
realmente estaba crujiente y deliciosa, lo que demuestra que en cualquier lugar
puedes comer caro o barato, según donde te metas y según tengas los ojos más o
menos abiertos ¡y hambrientos!.
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| ¿no os parece que este buen hombre se daba un aire a Winston Churchill? |
Tras recorrer un rato más la zona
de Duvlinia, tirando algunas fotos más por allí, bajé por la animada y
comercial Cork Street, donde vi cantidad de academias de inglés (francamente,
creo que con tantos españoles allí, Dublin no es el sitio ideal para alguien
que quiera aprender inglés) y un restaurante español con las consabidas tapas
(se llamaba “Salamanca”, habrá que apuntarlo para próximas visitas), pasé por
la puerta de entrada al Castillo de Dublin (lástima no tener más tiempo para
visitarlo) y finalmente llegué al punto de encuentro con mis amigas, la estatua
de Daniel O’Connell, al principio de O’Connell Street.





Una vez reunidas todas
alli nos fuimos a un pub a tomarnos un café donde nos atendió un camarero de lo
más simpático (repito: ¿¿hay irlandeses antipáticos??) y que, por supuesto, conocía
España bastante bien (como la mayoría de los irlandeses que conocimos allí). Y
tras despedirnos de un Dublin muy cálido y soleado, nos fuimos a coger el luas que
nos llevaría a nuestro hotel y donde nos reuniríamos con el resto del grupo
para ir al aeropuerto y volver con pena a Madrid.
No sé si Maurice Maeterlinck tenía
razón cuando decía que “lo mejor de los viajes era lo de antes y lo de
después”, pero de lo que si estoy segura es de que el “durante” es igualmente
maravilloso, aunque a veces con las prisas de querer ver lo más posible, no te dé tiempo a saborearlo todo con
la tranquilidad que desearías.
Slán leat colhiabbgh Eire!
¡espero volver algún dia!